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Excursión 23 y 24 de Abril de 2005: I CURSO DE ESPECIES ARBÓREAS Y ORNITOLOGÍA
Eternos Buscadores
La perspectiva de dos días entre árboles y pajaritos nos sedujo. Por
fin podríamos estar alejados de Madrid, donde todos andamos
aturullados y con prisas, y si no, que se lo digan a Mati, que se
llevó por delante el espejo retrovisor de un taxi (y lo peor, con el
taxista dentro) mientras conducía rumbo a Majadahonada, donde habíamos
quedado todos para salir...
Comenzamos en el Paular con un día soleado y caluroso, a pesar de lo
cual, Bea se encasquetó sus nuevos guetres para estrenarlos, y no se
los quitó en todo el día. Nuestros guías serían Felix y Abelardo,
grandes expertos en pájaros y árboles respectivamente, sin olvidarnos
de los coordinadores del grupo, Víctor y Mati.
Éramos como eternos buscadores con los prismáticos colgados del
cuello, observando la naturaleza a uno y otro lado. Lo cierto es que
eso de mirar con prismáticos parece algo muy sencillo, pero nada más
lejos de la realidad: Silvi, en su primer intento, se quejó de que en
vez de ver más grande, veía más pequeño. Con razón: estaba mirando con
los prismáticos del revés; Mati veía borroso, y es que sus prismáticos
tenían algún defecto y en adelante tuvo que mirar siempre con un solo
ojo...Había montones de pajarillos inquietos y cantores. En el anexo
podeis ver todas las especies que Félix nos fue indicando. Abelardo
también nos iba explicando con entusiasmo contagioso, los nombres y
características de todo árbol y arbolillo que encontrábamos a nuestro
paso: sauces, rosales salvajes, robles, chopos, majuelos, pinos...y
sus queridos abedules.
Después de comer visitamos el arboleto, un pequeño jardín botánico en
Rascafría, para dirigirnos luego al refugio donde pasaríamos la noche.
Éste se encontraba en la carretera de Cotos a Valdesquí, y lo habíamos
reservado para nosotros solos (menudo lujo). Desde ahí se veía una
vista preciosa: montañas cubiertas de pinares y el embalse de Pinilla
al fondo. Nos recibió Rosana, la chica que lo guardaba, junto con dos
inmensos perros.
Nos planteamos esta acampada como algo relajadito, sin grandes
pretensiones, por lo que la cañita de la tarde en el pueblo era algo
casi obligado. Nos volvimos pues a poner en marcha de nuevo hacia
Rascafría, cuando surgió de la nada una nueva buscadora: Jéssica. Por
una confusión se presentó en Majadahonda bastante pasada la hora y
cuando ya el resto del grupo habíamos salido, dándose además la
circunstancia de que no tenía el teléfono de ninguno de nosotros para
poder contactar. Pues bien, lejos de abandonar la empresa, se cogió el
funicular y se encaminó decidida hacia el refugio donde nos encontró
de chiripa justo en el momento en que nos íbamos al pueblo.
De vuelta al refugio, y ya anocheciendo, empezó a llover con fuerza.
Nuria se nos unió y llegó al refugio empapada y con guitarrita y
cancionero en mano. Cenamos tranquilamente al calor del fuego y cuando
se acercaba el anhelado momento de sacar el vino que había traido
Víctor, Rosana nos dijo que estaba prohibido beber alcohol. Normas del
refugio, ¡menudo chasco!.
No sé cuánto anduvimos aquel día, pero estábamos todos agotados. Eso
de ser buscador es también cansado. Sin embargo, antes de meternos en
el saco desenfundamos la guitarra y empezamos a cantar a pleno pulmón
(donde Abelardo fue el artista revelación) desde "Tengo un tractor
amarillo" hasta "Una rosa es una rosa eeess", pasando por "Quince años
tiene mi amor". Que por cierto Jéssica descubrió la cruda realidad: En
la canción de "Libre" de Nino Bravo se está cansado de soñar, no de
estudiar...
En el silencio de la noche (y de la risa floja que le entró a Bea),
Mati nos leyó un cuento y nos despedimos hasta el día siguiente.
Y el día siguiente llegó, afortunadamente, porque aunque nadie dijera
esta boca es mía, todos estábamos esperando con ganas que sonara el
despertador para poder ponernos en pie y presentarnos delante de la
estufa. ¡Y eso que nos quejábamos a los profes de la hora a la que
pensaban tocar diana! A algunos les hubiera gustado tocarla antes.
El día se mostraba hostil, el refugio apareció cubierto por una densa
niebla y no apetecía salir, pero había algunas señales de que la
situación podría mejorar. Con la salida del sol vimos muy probable que
abajo hiciera mejor tiempo, así que no nos desanimamos demasiado.
Una vez desayunados y con muchas ganas de aprender más, recogimos
todos nuestras cosas, limpiamos un poco y nos despedimos de Rosana,
para ir en busca del tejo más grande de Madrid. Nuria lamentablemente
no nos pudo acompañar, porque tenía que volver a casa, así que también
nos despedimos de ella y partimos hacia el puente de Angostura.
Tras rellenar nuestras cantimploras en Cotos, nos dirigimos con el
coche en dirección Rascafría para continuar a pie muy cerca de donde
la Ruta Verde 1 se aproxima a la carretera. Una vez aquí, empezaron
las clases: acebos, abedules, pinos... y también carboneros, buitres,
reyezuelos...
Una vez que llegamos al puente romano de Angostura, sobre el río de
mismo nombre, lo cruzamos y... por mucho mapa que lleve uno, si no se
mira en cada cruce, puede pasar lo que pasó, y es que en vez de girar
a izquierda fuimos por la derecha. Pero no hay mal que por bien no
venga. Cuando nos dimos cuenta del error, era demasiado tarde para dar
la vuelta, así que decidimos atravesar por una "pequeña" pendiente
hasta recuperar el camino perdido. Y menos mal que lo hicimos, porque
si no no hubieramos contemplado el mayor tejo que habíamos visto nunca
(incluido Abelardo).
Tras el correspondiente descanso a la sombra del "tóxico" tejo, y tras
la inevitable sesión de fotos, continuamos hasta llegar al camino. Una
vez alcanzado el camino, lo seguimos en dirección a donde nos esperaba
el tejo centenario. El cielo nos había estado amenazando durante toda
la mañana, y al final sucedió. Una fina lluvia comenzó a caer. Luego
granizo. Y después granizo con sol, y sol con lluvia. Nada que pueda
amedrentar a unos aristeros valientes.
Cuando llegamos al final del camino nos esperaban dos sorpresas. La
primera, un tejo centenario, no mayor que el anterior, pero sin duda
más viejo. Estaba partido por la mitad, posiblemente por un rayo, pero
seguía aferrado al suelo con sus numerosas y enormes raíces.
La segunda sorpresa la descubrimos mientras comíamos. Una pareja de
buitres negros, en vía de extinción, se mostró a apenas medio
kilómetro en su nido. Pudimos disfrutar de la visión de estos colosos
del cielo como espectadores afortunados.
Ya sólo quedaba la vuelta, más lluvia, más granizo y más sol. Pero eso
no era todo. Llegamos al coche con ganas de tomarnos un café y charlar
sobre las experiencias de este fin de semana. Y nos fuimos a la Venta
Marcelino. El tiempo nos dio unos instantes de nieve, mientras
disfrutábamos de un café, infusión o cerveza, y contemplábamos la
nevada incrédulos.
Quizá sólo recordamos la mitad de la mitad de los nombres de árboles y
aves que se nombraron durante el curso, pero lo que aprendimos no se
mide con números, y seguro que la próxima vez que andemos por la
montaña no nos serán indiferentes la infinidad de cantos que se pueden
escuchar, ni pasarán desapercibidos la gran variedad de árboles que
nos podemos encontrar.
Félix y Abelardo, muchas gracias por este fin de semana.
Inés Andujar y Juan Trenado.
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